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Al contemplar la obra de Alicia Leal me sobrecoge
la inmanencia de una certitud: lo mejor de la plástica cubana producida
por mujeres, ha empezado a subvertir con absoluto desenfado toda la aparente
virilidad que caracterizaba la proyección histórica del discurso
existencial. Sus cuadros corroboran el hecho de que aquello que comenzó
siendo un fenómeno inusual, una irregularidad dentro del hacer artístico,
se ha ido convirtiendo en potestad ilimitada, en autoridad incuestionable
sobre el vasto y complejísimo terreno de la alegoría hasta
del sentido común. Sin embargo, lo interesante de esta orientación
que ella muy bien representa, es que cada vez se justifica menos sobre la
base de una validación arbitraria de los ascendentes sexuales o de
las supuestas prerrogativas que en el orden cultural esta delimitación
infiere. Se trata en esencias de una actitud hacia la creación que
aspira a ser mucho más reservada y sensata, que aunque no ha dejado
de validar todo el caudal retórico existente acerca de la emancipación
femenina, se ha hecho al mismo tiempo el firme propósito de superarlo
definitivamente...; y qué mejor manera de hacerlo que ir contribuyendo
a ensanchar el sentido genérico de la percepción artística,
añadiendo nuevos matices, e incluso, nuevos cometidos sociales dentro
del universo representativo de la experiencia.
Es
cierto que casi toda su obra gira alrededor del subconsciente, pero las
raíces de sus argumentos se afincan dentro de un análisis
bastante concienzudo del contexto cubano, en el cual la mujer tiende a
ocupar un sitio protagónico. Pero resulta que ese protagonismo
no presupone la típica sensación de extrañamiento
que siempre ha generado la condición de una espiritualidad femenina
retraída u obligada a morar dentro de una circunstancia que semeja
algo así como la eterna penitencia. Hurgando alguna de sus creaciones,
descubriremos imágenes verdaderamente paradigmáticas: por
ejemplo, un acróbata que se afana en su espectáculo circense
a pesar de la impávida mirada del público, una doncella
que se expone a la embestida de la jauría en un intento supremo
-¿ quizás inalcanzable?- por poner a buen recaudo su vida
y la del ser amado, o una mujer embarazada que levita, mientras que de
su corazón, eventualmente separado del cuerpo, efluye sangre hacia
la criatura; aunque a mi juicio, una de las imágenes más
sugerentes es aquella en la que la propia artista, legitimando la idea
de una posible coincidencia con la pintora mexicana Frida Kahlo, aparece
pintada junto a ella portando una espada, atributo que perfectamente podría
simbolizar el énfasis de su determinación personal.
Donde
quiera que Alicia hace figurar una mujer, ya sea en imágenes referidas
al universo mítico de la isla o la inextricable relación
familiar y de pareja, casi siempre lo hace otorgándole el privilegio
de ser centro y metáfora inspiradora de la estructura narrativa,
óbice y recurso de os fantásticos episodios que se recrean,
y sobre todas las cosas, la hace disfrutar de una facultad, de un poder
que por naturaleza le pertenece de ante mano y cuyo fundamento se asienta,
al parecer, en la capacidad de brindar compasión y amparo a los
demás. Cierta mañana en la que conversábamos sobre
el tema, le oí esgrimir el siguiente comentario: "La sociedad
cubana es profundamente matriarcal. Todos los conflictos que se manifiestan
en nuestra cotidianidad, giran en torno a ese supuesto, lo cual no solo
obliga a la mujer a pensar de manera diferente al hombre, sino como es
lógico también, a tener experiencias diametralmente opuestas.
Esas experiencias son las que me interesa recrear artísticamente,
lo que no quiere decir que este de acuerdo con la disquisición
entre el arte femenino y masculino. No creo en esa clase de falsas delimitaciones.
Se trata sencillamente de dos perspectivas que difieren entre sí,
pero que no son antagónicas."
Por
supuesto, la apropiación de los cánones de la pintura popular
no ha sido en el caso de Alicia Leal un acontecimiento fortuito. Arribó
a ellos al término de sus estudios en San Alejandro durante la
década del ochenta y complementándose además con
esa prolifera etapa de su compañero y esposo Juan Moreira, que
se hizo llamar "Realismo Mágico". Ese fue un período
imprescindible para la definición de lo que sería su forma
de pintar más recurrente. Para ello tuvo que hacer cambios radicales
en sus inclinaciones artísticas y arribar a la conclusión
de que, aún cuando le interesaba ejercer la práctica intelectiva
sobre los distintos acontecimientos sociales de la época y su influjo
en el aparente caos de la
intimidad,
no era el expresionismo alemán - muy de moda en aquellos días-
el sistema pictórico que mejor se correspondía con su sensibilidad
y temperamento. Intuitivamente comenzó entonces a tomar de la pintura
popular esa cierta licencia con la cual necesitaba enfrentar el desgobierno
de la fantasía y el tiempo sosegado y un tanto bucólico
de sus atmósferas. Luego, desde una perspectiva de entrecruzamientos,
fácilmente aplicable para una artista como ella entrenada en el
ejercicio de la indagación, fue adicionando un conjunto de códigos
artísticos provenientes de la pintura religiosa bizantina y del
medioevo, en lo que concierne al tratamiento del color y la composición
de los planos, hasta arribar a esa obra de corte surrealista que hoy exhibe
y en la que se presienten además los efluvios de una personalidad
tan enigmática como Leonora Carrington. Pero Alicia ha sido hasta
tal punto cuidadosa en la combinación de esas nociones y estilos
provenientes del acervo cubano internacional, que su obra en muy poco
tiempo ha logrado evolucionar hacia el ámbito de la alusión
universal, sin tener que edulcorar o renunciar a rudimentos auténticamente
cubanos como la sugestividad religiosa, la sensualidad, el sincretismo,
la hipérbole poética, el lenguaje figurado, el erotismo,
e, incluso, el humor.
Es
imprescindible resaltar el hecho de que su decisión de asumir los
patrones de la pintura popular no ha estado permeada de la indirecta,
y no menos irónica, intención de simulacro con la que otros
artistas de formación académica se han aproximado recientemente
a dicha tendencia. Como ya hemos inferido con anterioridad, su vínculo
con esta tradición se erige sobre razones fundamentalmente estéticas,
las cuales conservan una adecuada armonía con el tono y el grado
de intencionalidad del enunciado que pretende desarrollar. Al oír
sus opiniones acerca de las posibles consecuencias de tan importante elección,
he podido comprobar que Alicia Leal puede llegar a ser tan radical como
cuando se refiere a sus derechos individuales en el arte: "Hasta
ahora no he tenido vínculos estrechos con otros artistas populares
cubanos y no tendría ningún prejuicio de llegar a propiciarlos
cuando estén dadas las condiciones. Conozco la obra de mucho de
ellos y estoy familiarizada con las regiones de Cuba donde este tipo de
arte te cultiva con mayor intensidad. No me molesta el hecho de que me
clasifiquen como pintora popular o naïve, habiendo tenido una formación
académica, porque creo que lo más importante es que el artista
se sincero consigo mismo, con el camino que haya elegido y con la forma
que crea más eficaz para expresarse."
David Mate
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Las pinturas de Alicia Leal son un conjunto de imágenes que, a la
manera de exvotos, ilustran los misterios de una mujer corriente elevándola
a cierta categoría divina. Son misterios presentados como fenómenos
que emanan espontáneamente de la naturaleza misma en su devenir diario;
sin embargo, como el misterio griego de Eleusis o los orishas afrocubanos,
tienen el don de elevar lo habitual a la cualidad milagrosa de lo eterno
y sobrehumano, en la forma de cultos a la naturaleza y la fertilidad, de
ofrendas, sacrificios y purificaciones.
Podrían ser también imágenes como representaciones
o dramatizaciones de conceptos abstractos - pues la iconografía de
Alicia no tiene ningún elemento azaroso - que se despliegan ante
nosotros con una sencillez medieval... Interpretaciones de Dios, el bien,
el mal, la virtud, la hermosura, el amor, los celos, la creación,
lo incognoscible, el tiempo, el espacio...
Y en estos misterios - representaciones aparecen dos clases de escenas fácilmente
identificables: la mujer en el interior y la mujer en el exterior. La primera
encerrada en el mundo de su imaginación, anhela la vuelta al campo,
a la tierra, al río, a los lugares despejados y sin barreras, pues
se encuentra a menudo presa del desarraigo urbano y padeciendo los martirios
físicos del enclaustramiento; siendo observada, vulnerable, desnuda.
Por otra parte, la mujer que en el exterior despliega todo el poder de sus
fuerzas para integrarse a lo natural y escapar en perfecto acto de desinhibición.
Esta mujer es la que canta como Pessoa "(...) soy místico mas
solo con el cuerpo. Mi alma es pura y no piensa. Mi misticismo es no querer
saber. Es vivir y no pensarlo..."
Mabel Llevat Soy
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Sobre las visiones
cotidianas de Alicia Leal
La
obra de Alicia Leal está muy ligada a lo cotidiano, anecdótico
y popular. Pero todo esto que acontece a su alrededor y constituye su
principal fuente de inspiración, es llevado al lienzo a través
de metáforas que expresan esa otra realidad conocida y sentida
por la artista. Sus cuadros, aunque reproducen claramente formas animales,
vegetales y humanas -articuladas en un montaje nada azaroso-, transmiten
visiones muy cercanas a lo onírico y subjetivo; en ellos representa
toda una cosmogonía que sirve para describir su experiencia interior,
donde se produce el milagro de la unión armónica entre lo
divino, lo humano y natural, y donde el principio femenino es centro de
la vida y de la creación.
La
imagen femenina, arquetipo y expresión de lo inconsciente, aparece
aquí con toda su carga genésica, como potencialidad del
mundo, madre divina que ata y sostiene el universo, unidad de todo lo
manifestado. Su poética subvierte el esquema de representación
de la mujer, desjerarquizando el rol predominante de masculinidad. La
mujer-símbolo, protagonista de esta lírica atmósfera
de ensueño y magia, se convierte en centro visual de sus composiciones
a partir de la construcción de un paradigma de feminidad que crea
un nuevo espacio social y cultural. Esta preponderancia y afirmación
de lo femenino, ajena por completo a una estrategia de género,
parte de una concepción muy personal del ser y la vida, donde la
artista está en una búsqueda constante de su identidad.
La
figura de mujer se une coherentemente a los símbolos que resultan
recurrentes en esta pintura, cuyos significados aluden a la idea de la
fecundidad y regeneración continua de la vida. Es por esto que
siempre están presentes en su discurso el pez (asociado al nacimiento
y la restauración cíclica); el agua (germen de los gérmenes);
la serpiente (análoga con el pez en sus alusiones fálicas
y en la idea misma de la vida, se identifica con el principio vital y
las fuerzas de la naturaleza), el árbol (imagen de la existencia
en perpetua evolución y de las relaciones que se establecen entre
la tierra y el cielo); el pájaro (símbolo de poder y fecundidad,
cuyas alas sugieren lo espiritual); la luna (relacionada con el principio
femenino de transformación y crecimiento, astro de los ritmos de
la naturaleza y el devenir continuo); y el sol (fuente de la luz, el calor
y la vida, cuyos rayos representan la influencia celeste, origen de todo
cuanto existe, principio y fin de toda manifestación). Todos estos
símbolos guardan una unidad de sentido esencial, aunque su significado
varía según la relaciones que establecen con los demás
elementos en el cuadro. Todos, por su ambigüedad y riqueza expresiva,
conforman un núcleo semántico que los asocia a la idea misma
de la maternidad, proveedora de seguridad y abrigo, claramente sugerida
en piezas como La Caridad (1997) y El Aconcagua (1999). El sujeto femenino
logra la unicidad de este mundo de armonía que se esconde detrás
del caos cotidiano.
El
modo en que depura y simplifica estas figuraciones, su habilidad en la
composición y el color, permite que sus montajes expresen siempre
ideas de forma elocuente, relacionadas con la experiencia humana de la
creación, la maternidad y el matrimonio. El erotismo, la desnudez
y el humor están asumidas como acciones de la más plena
cotidianidad.
En
su iconografía encontramos muchos signos de lo cubano que la artista
explora continuamente. Pero cuando recrea en sus cuadros el paisaje, la
campiña o algún mito o leyenda de la tradición popular,
trasciende su referencia local gracias al conocimiento y el modo en que
ha asimilado toda una tradición, sobre la cual creó un lenguaje
propio y universal.
Junio
del 2001.Alexander Pérez Heredia
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